Publicado 03-oct-2005 a las 08:34 por Katou Taka (Yatte yaruze!)
Actualizado 25-dic-2007 a las 03:09 por Katou Taka
En el poema “Hymne a la Beauté”, el escritor francés Charles Baudelaire alaba una nueva belleza, una que traspasa el canon clásico, ese que asociaba lo bello a lo bueno (kalos kai agathos), revelando, en cambio, su lado oscuro, reprimido, incluso peligroso. Este último aspecto implica que el sujeto, al ser tocado por esa visión arrebatadora de lo perfecto, puede llegar al extremo, instintivamente, de lanzarse al abismo desde donde lo bello lo llama. La atracción nos seduce y nos llama a fundirnos en el éxtasis: a volvernos uno con aquello que nos cautiva pero que, a la vez, nos puede destruir con su intensidad. Años después, Rainer Maria Rilke dirá:
Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible.
Un sentido similar leemos en los versos siguientes, del poema baudelairiano:
La cegada polilla vuela hacia ti, candela,
Crepita, brilla y dice: ¡A esa llama alabemos!
Jadeante el amante sobre su hermosa, el aire
Tiene un moribundo que acaricia su tumba.
La verdosa polilla, atraída por el influjo irresistible de la luminosa belleza, debe pagar el más alto precio: para alcanzar el contacto con el foco de sus deseos, debe fundirse en el espasmo de la muerte. Otros, en cambio, no se arriesgan y prefieren permanecer eternamente en contacto con la fría transparencia de la ventana y, de esa forma, prolongar hasta siempre el vivo resplandor, la continua ensoñación que desde la distancia se lucirá siempre para nosotros, sin peligros.
Precisamente, esta última opción de permanecer seducido por objetos de deseo deliberadamente distantes, es lo que presenciamos en la novela “País de Nieve”, del escritor japonés Yasunari Kawabata. Este breve libro nos sumerge en la historia de Shimamura, un aficionado crítico de danza occidental de Tokio, quien viaja continuamente a una posada en las bellas montañas del norte de Japón, para encontrarse con Komako, una joven geisha, con la que entabla una confusa relación, la cual oscila permanentemente entre la amistad y el romance. Además, este vínculo es complementado por la enigmática presencia de otra mujer, Yoko, quien vive en el mismo pueblo.
Desde nuestra lectura, la novela de Kawabata oscila en torno una idea esencial: vivir en el mundo desde la distancia crea una ilusión de pureza, de belleza, un entorno de perfección intocable. Nos permite escoger la imagen que vamos a tener de las cosas: la idealizada. Sin embargo, esta misma distancia es la que nos alejaría de la complejidad de la realidad, dominándonos y generando relaciones irremediablemente destinadas a la caducidad, porque el sólo pasar del tiempo implica profundización y reconocimiento, tal y como sucede en el desenlace de la historia de Kawabata. En oposición a la polilla de Hymne a la béaute, Shimamura pretende enfrentar a Komako como a una imagen fría, distante, posándose frente a ella para contemplarla como a un objeto. Así, la reduce a una imagen de belleza, de la cual no quiere saber más que algunas facetas, esas que observa tras el vidrio, donde no corre peligro de quemarse; es decir, donde no tiene que hacer más que disfrutarla. Pero la calidez de la muchacha le hará vacilar, atrayéndolo, haciéndolo caer por sus propios instintos, lo que podría poner en peligro la solidez del cristal que lo protege.
Los matices que adquiere esta relación se entienden mejor si consideramos el contexto cultural en el cual se enmarca: el Japón de la década de 1930. La sociedad nipona se erigió sobre un poderoso pilar machista y conservador, influenciado por el confucianismo, que pretende instaurar un orden social perfecto, que beneficia al conjunto y no al individuo. Es por esto que insta a una distancia entre sexos, fortificada por el estricto protocolo de conducta, que restringe la intimidad y la cercanía, incluso entre cónyuges. De este modo, no es de extrañar que exista una figura como la de la geisha, literalmente, mujer de las artes. Se trata de mujeres versadas en música, canto y danza, quienes acompañan a los hombres adinerados, amenizando sus fiestas, conversando, tocando el shamisen o bailando. Además, dependiendo de las exigencias del cliente, pueden, incluso, consentir un acercamiento sexual. Esta es la razón por la que Shimamura llama por los servicios de Komako, pero al percibir su belleza, procura consentirla sólo como amiga, pues no podría tolerar la culpa de manchar la pureza de esa mujer de esa mujer “demasiado limpia.”
Pero, como pasa con todo ser humano, la búsqueda de placer que Shimamura experimenta es movida a partir del deseo; la necesidad por revivir la sensación en que uno se funde con otro, saciando, brevemente, nuestra carencia radical. La vida es un incesante intento de aliviar la falta, por tanto, cada individuo estará predeterminado por el deseo. Específicamente, la particularidad del protagonista es su manía por distanciarse de lo deseado, fijar una barrera frente al objeto y convertirlo en una imagen filtrada que niega aspectos de aquel, para que no perturbe su mundo de irrealidad: Shimamura sólo es capaz de aceptar esa cómoda posición de observador permanentemente distante y distanciado, en la que el placer reina, sin permitir la entrada al goce, que implicaría sufrimiento. Shimamura no está dispuesto a enamorarse, ya que eso implica un camino tortuoso; por eso, según nuestra interpretación, es que prefiere regodearse en la contemplación de imágenes.
El conflicto de la novela nace de la propia naturaleza del principal objeto de deseo que enfrenta el protagonista, pues éste no es ni una cosa (la seda Chijimi) ni una disciplina artística (el ballet), sino una persona, Komako. En este sentido, Shimamura se refugia en su posición de cliente para poder estar con ella desde un lugar que le permita gozar de su amistad, sin peligro de enamorarse, como un mecanismo de defensa que le impida trasgredir las normas con las que él juega su vida. Así, mientras posa sus manos sobre el cuerpo de Komako, mantiene para sí la imagen de Yoko, siendo su presencia fundamental, al ser la representación perfecta de la belleza, entretejida en un panorama de irrealidad, donde ella pierde su materialidad, negándole –al fin y al cabo- su humanidad, ya que se vuelve sólo imagen: “como un personaje salido de una vieja fábula romántica” (p. 20).
Pero Komako, femenina, sensual, con una vida sufrida y solitaria, logra de a poco atravesar los lindes de aquella barrera, desestabilizándolo y enfrentándolo a la realidad: “La realidad fue inundándolo con cada bocanada de aire que ella aspiraba” (p.16) Llena de la fuerte pasión por salir de su cárcel, por llegar a romper el campo de fuerza que separa las individualidades de cada ser, el desenfrenado amor de la joven geisha debe oponerse a su gruesa máscara de maquillaje, que la obliga a ser recatada, a lucir perfecta, a comportarse acorde al estereotipo social que se le ha impuesto. No obstante, es esta imagen quimérica la que intensifica su encanto sobre Shimamura: imagen perfecta que se fusiona con el horizonte de la naturaleza. Los paisajes van mezclándose con la estética de la geisha: la noche con su pelo, la nieve con su rostro. “[…] la negrura del pelo, impecablemente recogido en un rodete sin un cabello fuera de lugar, como una piedra pulida por las aguas hasta alcanzar la más tersa redondez” (p. 47).
Sin embargo, Kawabata no sólo nos presenta a Shimamura como un ser distante que mira a través de un ojo esencialmente estético, sino que convierte al lector en una víctima de esta trampa, al sumergirlo en una visualidad casi hipnótica que lo mantiene ebrio frente al drama humano que es eje en la novela. El lector se introduce en un relato donde los paisajes van cobrando cada vez mayor relevancia, ya que tienen la finalidad de ser expresivos del propio sentir de los protagonistas; lo que los diálogos no nos cuentan, la atmósfera nos los dice: cada elemento es análogo de otro presente en la apariencia, la gestualidad o el mismo sentir de Shimamura, Komako y Yoko.
Tal es la importancia que juegan estos espacios a lo largo de la novela que, en más de una ocasión, Shimamura se cuestiona sobre la influencia que pueden haber ejercido sobre su mirada, por ejemplo, cuando ve a Komako por primera vez luego de un paseo por los primaverales campos de la montaña; o cuando se pregunta a sí mismo, al inicio de la novela, si toda la curiosidad que Yoko le provoca no es producto sino del embrujo del paisaje crepuscular; ocasión en la que además se pregunta si aquel paisaje de montaña no sería más que un símbolo del paso del tiempo, oscuro, profundo, como inevitablemente decanta la imagen de la joven reflejada en espejo; como insoslayablemente concluye su relación con Komako, sellada por el incendio final donde muere la niña del reflejo, Yoko.
Shimamura figura fuera de la realidad, como un falso creador. Inventa las personalidades de la gente, y evita enfrentar su crudeza. Es esencial en la novela que se mantenga la distancia, que hace posible la relación entre los protagonistas. Pero con cada confesión, Komako mata el placer de Shimamura quien, ante el masculino miedo de enamorarse, debe mantenerse firme, encerrando a Komako en la imagen que el propio correr del tiempo se encargará de deshacer. Desilusión que llega en el momento en que toma perspectiva de su impotencia, su incapacidad para ver las cosas tal y como son, y siente deseos de llorar o de huir, escapar del País de Nieve, el lugar donde lo amenaza la posibilidad de romper el límite del deseo, y enfrentar al amor, “ese amor que no cristalizaría en nada tan precioso como la seda Chijimi” (p. 142-143)
Pero el fuego acaba por consumirse. Es el término, el incendio, la renovación. Será Yoko quien sucumba; arden los capullos para la seda Chijimi, se termina la relación: es el momento en que, finalmente, la imagen añorada perece. Shimamura abandona finalmente la posada, y a Komako. Es liberado de su hipnotizador influjo: es posible apartarse, pues ya no existe su arrebatadora presencia. Para terminar definitivamente con cualquier tentación al peligro, la frágil polilla simplemente volará…
Esta obra, nos hace ver cómo contemplar la vida desde afuera nos procura una imagen idealizada que, sin embargo, es muy frágil, pues se desvanece apenas nos vemos obligados a entrar en contacto con la realidad. La existencia humana es profunda, compleja y llena de matices; un camino lleno de inseguridades y dudas, donde nunca podremos abstenernos de lo terrible o tortuoso. Pareciera que no cabe más que enfrentar el dolor, lo oscuro, lo que pueda atormentarnos, como sucesos innegables. El aprendizaje no nace de un inocuo suprimir de experiencias incómodas, sino que es reconocimiento y enfrentamiento de las mismas.
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